- He tenido una pesadilla - dije
- Cuenta, cuenta ...
Mi hermano descendió con un leve aleteo del lomo de la vaca azul presto a escucharme, dejando en suspenso la sonata que hábilmente arrancaba de las cuerdas de su violín. Para estar más a gusto, nos internamos en una galería subterránea recién excavada de las que son tan cómodas que justo cabe el cuerpo de uno y el que tengas delante o detrás de ti. O ambas cosas. En la oscuridad acerqué mi trompa a su oído y al olor de la tierra recién removida, proseguí.
- Todo empieza con un ruido monótono y persistente al amanecer, que lejos de causarme pavor me hace alargar mi mano hasta tocar algo liso y frío que consigue acallar semejante cantilena, como si ese gesto fuese el habitual de muchas mañanas.
- Vaya...
- Me incorporo entumecido en una especie de lecho blando, incómodo y extiendo la mano de nuevo. Repentinamente me deslumbra la claridad de un sol pálido en miniatura que brilla alto a poca distancia de mi cabeza. Tras el fogonazo de luz alcanzo a distinguir varios muros que me rodean y otro más del que pende el pequeño astro. Llaman mi atención dos objetos blancos muy pulidos y brillantes en una cuevecita contigua. Por encima del más alto de ellos, incrustada en el muro descubro horrorizado lo peor...
- Me estás asustando, ¿ qué más viste?
- Agua, pero no como la del lago, sino un agua quieta como nunca antes imaginé. Al acercar mi cara descubro reflejada una triste figura. Sin alas, sin trompa y con dos trozos de hielo ante sus ojos, él me mira con una curiosidad e incomprensión parejas a las mías. Nos asustamos tanto el uno del otro que, precipitada y simultáneamente, nos alejamos de ese estático líquido vertical y entonces me despierto sobresaltado.
- Mamá decía que tienes una rica vida interior, que no conocía sueños más sugerentes que los tuyos. Cuando otros cuentan sus sueños más bien provocan en mí ganas de cerrar los ojos y dormir, sin embargo...
- Lo peor es que este se repite todos los días.
- Eso ya no podría soportarlo, cada mañana...
Dicho lo cual, mi hermano reptó como pudo hasta la entrada del túnel, cogió de nuevo su violín y, con las alas aún manchadas de tierra se encaramó en el lomo celeste de la vaca, retomando su melodía exactamente donde la había dejado suspendida instantes atrás.