Ayer soñé que vivía en una ciudad junto al mar. Y allí la vida permanecía asomada a un balcón infinito de agua que en absoluto ahogaba, y que se hacía presente más allá de los prados que bordean el acantilado, o en el camino que desciende de la duna -incómoda premonición del desierto- al eco de la última ola.

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